
El señor Amorós
El erudito artículo del señor Amorós, publicado el 2 de setiembre de 2024 en la web Alasbarricadas y el 28 de octubre en Portal Libertario OACA, le capacita para ocupar el cargo de expendedor de carnets de anarquista.
Que lo disfrute y goce.
La sentencia de que anarquismo es lo que piensan y hacen los anarquistas le inscribe, además, en el cuadro de honor de los teóricos y politólogos del confusionismo más necio, porque esa tautología no explica nada.
Que le den un diploma a la verborrea y una medalla a la inopia. Por otra parte, y esto es lo más grave, el sacrosanto y eurocentrista dogma de la desaparición del proletariado le sitúa del otro lado de la barricada.
El proletariado1
El proletariado no es una cosa, ni una identidad, ni una cultura, ni un colectivo estadístico que tiene unos intereses de clase propios que defender. El proletariado se constituye en clase mediante un proceso de desarrollo y formación que sólo se da en la lucha de clases.
El proletariado, reducido en el capitalismo avanzado al estatus de productor y consumidor deviene una categoría social pasiva, sin conciencia propia; es una clase para el capital, sometida a la ideología capitalista. No es nada, ni aspira a nada, ni puede nada.
Sólo en la intensificación y agudización de la lucha de clases surge como clase y adquiere conciencia de la explotación y dominio que sufre en el capitalismo y, en el proceso mismo de esa guerra de clases se manifiesta como clase autónoma y se constituye como proletariado antagónico y enfrentado al capitalismo, como comunidad de lucha. Enfrentamiento total y a muerte, sin posibilidades ni aspiraciones reformistas o de gestión de un sistema hoy ya obsoleto, criminal y caduco
Esta noción de clase como “algo que sucede”, que brota y florece del suelo de los explotados y oprimidos, es clave. La clase no se refiere a algo que las personas son, sino a algo que hacen. Y une vez que entendemos que la clase es fruto de la acción, entonces podemos comprender que cualquier intento de construir una noción existencialista o cultural e ideológica de clase, es falsa y está condenada al fracaso.
La clase no es un concepto estático, sólido o permanente; sino dinámico, fluido y dialéctico. La clase sólo se manifiesta y se reconoce a sí misma en los breves periodos en los que la lucha de clases alcanza su punto culminante.
El proletariado se define como la clase social que carece de todo tipo de propiedad y que para sobrevivir necesita vender su fuerza de trabajo por un salario. Forman parte del proletariado, sean o no conscientes de ello, los asalariados, los parados, los precarios, los emigrantes, los simpapeles, los jubilados y los familiares que dependen de ellos. En el estado francés forman parte del proletariado los casi tres millones de parados y los veintiséis millones de asalariados o autónomos que temen engrosar las filas del paro, amén de una cifra indefinida de marginados, que no aparecen en las estadísticas porque han sido excluidos del sistema.
La democracia parlamentaria europea se ha transformado rápidamente, desde el inicio de la depresión (2007), en una partitocracia «nacionalmente inútil», autoritaria y mafiosa, dominada por esa clase dirigente capitalista apátrida, que está al servicio de las finanzas internacionales y las multinacionales: la clase corporativa. Se produce una profunda y extensa proletarización de las clases medias, una masificación del proletariado y la erupción violenta e intermitente de irrecuperables colectivos, suburbios y comunidades marginadas, antisistema —no tanto por convicción, como por exclusión—. Los estados nacionales se convierten en instrumentos obsoletos —pero aún necesarios, en cuanto garantes del orden público y defensa armada de la explotación— de esa clase capitalista dirigente, de ámbito e intereses mundiales. Su forma de gobierno es el totalitarismo democrático: una democracia reducida a la mínima expresión de votar cada equis años, para elegir entre representantes malos o peores del capital, sin capacidad alguna de intervención o decisión en la vida social o política.
Los suburbios se convierten en guetos de excluidos del sistema, que el estado intenta aislar entre sí, entregando su dominio a las bandas, la droga, las mafias, las escuelas, los trabajadores sociales, oenegés, etetés, prisiones, ejército y policía, para que conjuntamente impongan el control y/o sacrificio económico, político, social, moral, volitivo, y si hace falta también físico, de «todos los que sobran», con el objetivo preciso y concreto de desactivar su potencial revolucionario, intentando convertir esos barrios periféricos en colmenas de muertos vivientes, a los que las instituciones estatales les han declarado una guerra total de exterminio y aniquilación.
La lucha de clases
La lucha de clases no es sólo la única posibilidad de resistencia y supervivencia frente a los feroces y sádicos ataques del capital, sino la irrenunciable vía de búsqueda de una solución revolucionaria definitiva a la fase terminal del sistema capitalista, hoy obsoleto y criminal, que además se cree impune y eterno. Lucha de clases o explotación sin límites; poder de decisión sobre la propia vida o esclavitud asalariada y marginación.
No son sólo los anarquistas, señor Amorós, es la guerra de clases del proletariado, señor erudito. Es el viejo topo, que aparece y desaparece de escena, cavando sin cesar su túnel bajo un mundo caduco, criminal y obsoleto. No se trata ya de comprender el mundo desde tal o cual doctrina o ideología; sino de cambiarlo.
Sólo importan los anarquistas que intervienen en ese combate. Los filósofos que, anarcoides o no, se encandilan contemplando su ombligo o niegan la existencia del proletariado, están al otro lado de la barricada.
Agustín Guillamón

- [1]Artículo original publicado en Alasbarricadas: https://alasbarricadas.org/noticias/node/56439 ↩︎